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Los Talleristas Publican

-1-

Autor: María Alejandra Paredes

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AMOR ETERNO

Hace diez años me dejó. No sé si por otra o simplemente no me aguantaba más. Sólo estoy segura de que nos amábamos. Años de felicidad, quedé devastada. Psiquiatras, antidepresivos, taller literario, clases de italiano, tango, aventuras pasajeras. Nada pudo hacerme olvidarlo.
Envejecí de tanto llorar. Mi mirada perdió su luz y mi rostro se fue apagando junto con esas ganas de vivir.
Sin embargo nunca perdí las esperanzas de encontrarlo. Por casualidad, algún día, caminando por ahí. Mirarlo a los ojos y que supiera que éramos el uno para el otro. Aunque nunca tuve el coraje de ir a buscarlo.
Sólo lo veía por las noches, cuando me abrazaba en mis sueños y hacíamos el amor con desenfreno.
Pero hace unos días me decidí. Fui a ver a un prestigioso cirujano plástico. Le pedí que borre de mi rostro toda huella de dolor. No me importaba un bledo cuanto me iba a costar o el sufrimiento. Sólo quería ver a mi amado y que me encontrara bella como en los viejos tiempos.
Llegó el día de la operación. Estaba tranquila. Me inyectaron la medicina para dormirme y me entregué, relajada.
Cuando desperté estaba él a mi lado. Su mano sostenía la mía y supe que me seguía amando.
Mi cuerpo entero flotaba, como si no hubiera gravedad.

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CONEXIÓN

No te dejé entrar esa noche. El día de tu cumpleaños. Llegaste borracho y loco.Yo cerré la puerta. La última vez.
Acostumbrada a extrañarte pasaron los días y mi sonrisa se fue apagando convirtiéndose en llanto.
Hasta que llamaste
-Estoy preso. Robé y me pescaron. Te extraño- dijiste.
-No vuelvo a verte nunca más. Corté.
Ahora, que duele tu ausencia, sé que voy a ir a buscarte dónde estés y como sea.
Porque estoy destinada a estar presa. Igual que vos.
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Infancia

Pensaba que la culpable de todo era siempre yo. Que no obedecía a los mayores. Había que hacer caso. Callate la boca maleducada y andá a hacer los deberes. No saliste parecida a tus hermanos. Claro, si sos adoptada ¿no sabías? No servís para nada. Se ponía tan mala mamá que daba miedo. Me hacía llorar. A veces me pegaba. Una vez, cuando no quise ir a la escuela, se enojó tanto que me tiró con un zapato. Con el taco me rompió la boca. Sangré mucho. Me asusté. Otra vuelta, no me acuerdo por qué, me lastimó la mano. Tuvieron que darme unos puntos en el hospital. Eso dolió. Yo le preguntaba ¿por qué me odiás tanto? Siempre trataba de ser buena para que ella me quisiera, aunque sea un poquito. A la noche, cuando llegaba papá, ya no me trataba mal. Pero empezaba a gritarle a él. Que llegaste borracho, que sos un inútil, que andate de mi casa. Y otra vez los golpes. Entonces él daba un portazo. Hasta que un día se fue de verdad. Mamá le pedía al cielo un milagro para que volviera. Pero como Dios es bueno no la escuchó.
Y papá por fin pudo descansar en paz.
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Lo amaba. Dormido era perfecto. Sin embargo, algo había en él.
Al salir el sol toda su magia se apagaba. Era un amor de noche.
Una cárcel de miel

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Amarga condena
        
Estábamos enardecidos. Entre el vino, la carne y esa noche de treinta y cinco grados. Lo planeamos juntos para que pareciera un accidente. Él apenas lo conocía pero ya lo odiaba tanto como yo. Me había encargado de contarle todas sus bajezas. Lo describí ante sus ojos como una bestia humana. ¿Si exageré? Tal vez un poco. Quería convencerlo de todas maneras para que lo elimine de mi vida. Sobre todo de la vida de mi hija. Ella no merecía tener a su lado a un hombre así.                                                                                                                          Se me rompía el corazón cada vez que él le gritaba, cuando la golpeaba. Era mi chiquita y ese infeliz la maltrataba de lo lindo.                                                                                                  Mi novio pensó en un sicario. O alguien que lo atropelle con una motocicleta al salir de la casa o del trabajo, pero lo descartamos. Podrían delatarnos si algo saliera mal.                                                                                                                                               Entonces fue que se me ocurrió la idea del veneno. Mi hija tenía una cena con compañeros del trabajo. Él estaría solo. Me colé en su departamento por la cochera con guantes de tela. Esperé en silencio la llegada del delivery. Tres hamburguesas, papas y gaseosas. Era la hora señalada. Esparcí el veneno para ratas que había comprado y me fui.                                                                                                                                                      Jamás hubiera pensado que a mi pequeña se le iban a antojar papas al regresar de esa cena.

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Extraño recuerdo
tu andar poco elegante
el cigarrillo en la boca
las manos ásperas
recorriendo mi cuerpo
tus ojos llorosos
                      diciendo
por siempre amor mío
                 por siempre.

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Plan B

Sólo se ama lo perdido
J.L. Borges

-Cambiate rápido y vamos a comer- dijo F. Subí a mi departamento despacio. Estaba cansada de él. Su comportamiento obsesivo, las continuas peleas, sus mentiras. ¿Por qué sostener una relación tan complicada? ¿Y si lo abandono de una vez por todas? Podría dejarlo abajo esperándome. Simple. Terminaría de esa manera para siempre.
Apagué el celular. Bajé las escaleras. Había pasado un largo rato. F ya se habría ido, no le gustaba esperar.
Llegué a planta baja. Fuí al restaurante japonés al lado de mi edificio. Casi muero cuando lo vi entrar. El amor de mi vida estaba delante mío y no era un sueño. Siempre había deseado ese momento. Lo llamé por su nombre. A No me escuchó. Hacía siete años que estábamos separados pero siempre que le enviaba mensajes de texto me los respondía, alimentando mis esperanzas.
-¡Soy yo! ¿Estás solo? - le pregunté. Me dio vuelta la cara y siguió su camino. Sin hablarme.
Sequé mis lágrimas, salí del restaurante y busqué a F.

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SOLEDADES

Chateaban hace días. Se llamaba Marcelo. Ella Margot. Estaban conociéndose. Ninguno de los dos usaba sus nombres reales. El rondaba los cuarenta. Percibía ingresos altos. Trabajaba en una empresa multinacional, en el área de recursos humanos. Tenía un metro ochenta, moreno y de ojos marrones. Le gustaban los deportes, especialmente el básquet. Bebía sólo en compañía y no fumaba. Solía ser cortés, tener buen humor y ser muy caballero. Vivía en Vicente López, en un piso altísimo, mirando al río.
Margot también medía un metro ochenta. Era bella, enigmática, de cabellos negros largos. Vivía con su madre y sus cuatro hermanos en el barrio de Floresta aunque había nacido en Bordeaux. Tenía treinta años. No bebía ni fumaba. Trabajaba como modelo, le gustaba el cine y la fotografía. Desde que encontró esa página en internet, Solos y Solas, ya no estaba más aburrida ni solitaria.
Acordaron encontrarse en un bar cerca del río.
Enseguida notó que él no media más de un metro setenta y a juzgar por su aspecto, no era el próspero ejecutivo que decía ser. Tampoco tenía cuerpo de deportista. Si bien no era obeso, lucía una incipiente pancita que ella no esperaba ver en su media naranja. Pero era guapo. Ojos rasgados, mirada intensa. Le tocó la mano. Linda piel. Suave.
Cuando él la miró se dió cuenta de que Margot dijo la verdad. Era alta. Muy alta. Más de un metro ochenta con tacos.
Marcelo la observó por completo. Sus ojos, su boca, su sonrisa, sus largas piernas. Era hermosa.
El pidió fernet cola, ella energizante. La sacó a bailar un lento. Mientras acariciaba esa espalda desnuda una idea irrumpió en su mente. “Cuando se dé cuenta de que soy un empleaducho, que no valgo nada, ¿me dejará?” Suspiró.
Margot besó sus labios. Se gustaban. Pensó “¿me abandonará como todos cuando note que no soy mujer?”

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Amor de lejos.

No quiero olvidarlo todavía.
Me gusta recordar esas cenas en Oviedo. Cuando pedía "la pesca del día" y algún vino francés. Yo siempre langostinos. Compartíamos el postre tomados de la mano.
Me perdía entre sus ojos y sus labios. Lo amaba tanto. ¿Será posible que aún lo ame, después de todo este tiempo?
En soledad, a veces pienso, que una de estas noches voy a ponerme mi mejor vestido y tal vez lo encuentre sentado en esa mesa redonda de manteles blancos, junto a la ventana.
Pero no me animo y me conformo con sus visitas por las noches, cuando él viene a buscarme.
No, no quiero olvidarlo todavía.
Ni siquiera en sueños.

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ADN

Hoy me levanté más temprano que de costumbre. Le había dejado una nota a Mabel para que me despertara. Ni siquiera desayuné. Me dí una ducha y empecé a limpiar. Ella comenzó por la cocina, como siempre. Le pedí que mejor fuera al dormitorio, deshaga la cama, desinfecte los almohadones y el colchón. Que limpie bien todas las superficies. Pisos, paredes y ventanas. Una y otra vez.
Después le tocó el turno a Bobby. Lo bañamos. Me miraba desconfiado. Poverino.
Cuando Mabel terminó con la cocina, el living y los baños le pedí por favor que pasara alcohol por los controles de audio y tv, teléfonos, picaportes y las llaves de luz.
Por fin había eliminado todas tus huellas. Borré tu ADN por completo.
Ahora sólo falta limpiar tu recuerdo.

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Nada

Volví a caer en mi propia trampa
una vez más te dí vida
no me defraudaste
sos nadie
ni un príncipe
ni un hombre
ni un amante.
Yo te inventé.

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Un muerto en el placard.

Lo tenía arrodillado frente a mí, con su cara de idiota y esos ojos inocentes, que de inocentes no tenían nada. Un hombre casado. Un tipo grande, con hijos. Mi vecino, insinuándose así. No pude soportarlo. Tomé la escultura de hierro que traje de la India. Se la dí por la cabeza. Fuerte. Un solo golpe. Con rabia. Cayó al piso. No sangró mucho. ¿Qué hice? Lo maté. Ahora tendría que esconder el cadáver. No quería ir a la cárcel. Lo envolví en una bolsa de plástico, la sellé con cinta adhesiva y lo metí como pude en una valija que escondí en el placard. Tenía que sacarlo de allí por la noche, cuando nadie me viera.
Tocaron el timbre. ¿Quién sería? Dios mío. Tenía que limpiar la sangre. Espío por la cerradura. Mamá. Limpio. Abro. ¡Mi corazón!
Despedí rápidamente a mi pobre madre con algún estúpido pretexto. No podía decirle la verdad. Ella no me creyó, pero se retiró con diplomacia y su habitual sonrisa, que más que tranquilidad me hizo sentir culpa. Recordé al muerto del placard, que también tenía hijos. Había apagado una vida. Ahora era una asesina. Y Dios me castigaría. ¿Qué hacer? ¿Confesar mi pecado? ¿Declararme culpable? ¿Entregar el cuerpo? No. Tenía que deshacerme de él.
Había anochecido. Lo arrastré hacia el ascensor de servicio, pensando que la mejor opción era el río. Segundo subsuelo, la valija en el baúl del automóvil y de ahí transportarlo a la costanera.
No estaba en mis planes encontrar al encargado del edificio. Quizo abrir la puerta del ascensor en el primer subsuelo. Se lo impedí. Bromeé con él. Siempre lo hacíamos. Miré la valija. Despedía un hilo de sangre. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Estaba asustada. Subí otra vez a mi departamento. Trabé la puerta del ascensor. Limpié la sangre. Escondí de nuevo la maleta en el closet. De golpe tuve la necesidad de hablar con alguien. Descargarme. Mi tía Cuca no me traicionaría. Mejor no, era demasiado charlatana.
Estaba enloqueciendo. ¿Había tomado mis pastillas?
Pensaba en el cuerpo. Pronto despediría mal olor. ¿Y si lo congelaba?
Tenía que hablar con Harry. Sí, mi psiquiatra no podría denunciarme si yo confesaba el delito. Sería secreto profesional.
Respiré aliviada. Tomé el teléfono. Lo llamé. Vino enseguida.
-Harry, he matado a un hombre.
-¡¿Cómo?!
-Sí, le pegué un golpe seco en la cabeza con una escultura de hierro que traje de la India. No sangró mucho. Está muerto. Se lo merecía. Lo escondí en una valija en el armario.
Harry me miraba entre incrédulo y sorprendido. Se dirigió al closet. Buscó y buscó. Diez, veinte minutos. Todo el departamento. Dijo que no encontró nada. Llamó a una enfermera para que se quedara conmigo esa noche y me inyectó una medicina. Hablamos un rato. Me dio un beso y se fue.
No le creí. Estaba segura de que él mismo se deshizo del cadáver. Él sí que sabía sacarme de apuros.

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AUSENCIA

Todavía no desayuné, pensó, mientras fumaba el quinto cigarrillo del día y buscaba un lugar para estacionar en la Avenida Forest. Tenía que hacer tiempo hasta las ocho. Son las seis, se dijo, mirando el reloj. Podría ir a un bar y ponerse a escribir. Eso sí la ayudaría a exorcizar la melancolía, el dolor punzante que sentía justo en el medio del cuerpo, como una herida abierta, mortal.
Pensaba en él, la vida sin él. Sus ojos se nublaban, buscaba el bar. Vió uno con mesas afuera y estacionó. Pidió una cerveza que bebió de un sorbo. Comenzó a escribir. Quería relatar la historia de amor con aquel hombre que había cambiado el rumbo de las cosas. Una idea irrumpía en su mente demasiadas veces ¿ponerle fin al dolor de una vez por todas? Sin embargo seguía escribiendo. Será que aún tengo esperanzas, se dijo.
Y pidió la cuenta.

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Fue un sueño, no pasó
No puedo extrañarte
No caminamos abrazados
por ninguna calle. Nunca.

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María Alejandra Paredes
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