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Los Talleristas Publican

-2-

Autora: Gisela Bigatti

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Dibujarme

 

 

Necesito

que me nombres

que me mires

que me abraces

que te duermas a mi lado

que me tomes de la mano

en la mesa de un café

 

para poder volver a dibujarme

y saber quien soy

Letras

 

 

 

Estoy abrazada

a la roca de los tiempos

 

El mar me interroga

 

La sal dibuja

                pájaros sobre mi cuerpo

 

Los caracoles me cantan

muy suave tu nombre

 

El viento se lleva

una a una las letras

y las devuelve al mar

 

Pero vuelven

 

en cada ola

y me golpean sin piedad

en el vientre

 

Ahí donde nace la vida

es donde muere tu nombre

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La llave

Hay veinte pájaros azules
encerrados en mí

Por las tardes se anidan
a la sombra de la que era

Cada primavera sueñan
que alguien los libera
            de tu voz
                    de tus ojos
                         de tu nombre

La jaula tiene un candado
Por  favor que alguien
encuentre  la llave

 

Papel equivocado

Estoy hecho de retazos
de remiendos absurdos
y costuras infinitas

A la altura del corazón
tengo una puntada torcida
que se adivina
como un mal presagio

Me aburre atrozmente
estar todo el día de pie

Mis pensamientos vuelan
con el aleteo de los pájaros

En el reparto
me adjudicaron
un papel equivocado

Yo no nací
para espantar a nadie

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Rosa

Mientras pasa la plancha una y otra vez, Rosa piensa que mañana se cumplen seis años desde que dejó su tierra, sus afectos y una hija. Seis años hace que casi no escucha su nombre, porque la señora la llama Querida. Rosa suspira, da vuelta la camisa y piensa en los años que pasaron desde aquel día en que se le ocurrió darle una sorpresa a la señora, como agradecimiento por el nuevo trabajo. Se pasó toda la noche cocinando un locro blanco, como lo hacen en su pueblo. El resultado fue recoger los platos casi tan llenos como los sirvió acompañados del comentario: -Es demasiado fuerte para nosotros. Todavía se acuerda del nudo que se le formó en la garganta y el esfuerzo que hizo para que las lágrimas no le saltaran.
Todos estos años Rosa se tuvo que acostumbrar a deslizarse por la casa en silencio, como si fuera un espíritu, y a limitarse a hacer las cosas exactamente como se las piden. La señora siempre le recuerda quién pone las reglas. Aprendió que sugerir como hacer algo no está bien visto. Es por eso que cuando ella le habla Rosa la mira fijo, con esos ojos negros que tiene como el café que le gusta prepararse por la mañana. Asiente con la cabeza y sigue adelante con el trabajo. Desde que llegó, que esos ojos no dejan de asombrarse por lo que ven. Siempre se acuerda cuando vio como a uno de los invitados se le cayó la taza de té caliente encima. La preocupación más grande fue si se había arruinado el tapizado claro del sillón. A los invitados se los recibe en la sala grande. Rosa no entiende para qué la tienen porque es el lugar donde más entra el sol y prácticamente no se usa porque, como aclara la señora, es sólo para ocasiones. Rosa se pregunta qué mejor ocasión puede haber que sentarse a disfrutar del sol que entra por la ventana. Pero eso lo guarda entre sus pensamientos. Mientras tanto se ocupa de que la sala permanezca cerrada.
También se tuvo que acostumbrar a que a principio de mes la señora la llame a su escritorio, y sin levantar la cabeza le de un sobre y le diga: “ Querida, lo suyo”.
Rosa siempre agradece. Vuelve a su trabajo pensando en ese crucifijo de madera tallado a mano tan lindo que la señora hizo colgar en una de las paredes.
Entre recuerdos y pensamientos Rosa planchaba la última camisa cuando escuchó un ruido fuerte y la voz de la señora que pedía a gritos que la ayudaran. Rosa dejó cuidadosamente la plancha y caminó hasta que la encontró tirada en el piso. Se había resbalado, por esa obsesión de tener los pisos excesivamente lustrados, pensó Rosa cuando la vio. Era la primera vez que la podía mirar desde arriba y eso la hizo sentir con ventaja. Antes de hacer ningún movimiento para ayudarla y obedeciendo a las reglas establecidas en la casa le dijo: -Señora, dígame usted qué es lo que tengo que hacer. En un grito histérico le ordenó que llamara al marido y al médico. Enseguida llegó el médico, el marido tardó bastante más. De lo que le explicó el médico que tenía, Rosa no entendió casi nada, pero lo que sí le quedó claro fue que iba a tener que estar un tiempo en reposo.
A la mañana siguiente Rosa fue al dormitorio. Esperó a que la señora le terminara de explicar cómo quería el desayuno para responderle: -Disculpe, pero yo no voy a poder preparárselo. Me voy. Sin decir una palabra más, así como le gustaba a la señora, se dio media vuelta y se fue.
Mientras caminaba hacia la puerta escuchó por primera vez, en seis años, que gritaba su nombre y le decía: -Rosa, vuelva inmediatamente. Usted no se puede ir, no me puede dejar ahora.
Sentada en el micro, Rosa cierra los ojos y sonríe. Ya siente el olor de su tierra, los abrazos de su hija, y la alegría de poder cocinar en esa olla de barro inmensa que nunca le falló con el sabor de sus comidas. Vuelve a escuchar que cariñosamente le dicen: -Rosa, sírvenos otro plato que está riquísimo. .
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En la playa de la infancia

 

 

Él, un caballero con capa y espada

           la defendía del mar

              y le juraba amor eterno

 

 

Ella, deslumbrada por los ojos negros

            de su hombre pequeño

            se desvanecía ante sus palabras

     las caracolas y el viento

 

 

Pasaron más de treinta años

 

 

Él, se quedó sin capa

                    sin espada

y se defiende de los recuerdos

 

 

Ella, lo espera desde la orilla

hundiendo en la arena

 poco a poco su cuerpo

 

 

A veces el amor es cobarde

 

A veces un gran desencuentro

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Ojos descalzos

Ayer, en una esquina fría y olvidada del mundo fui testigo de un crimen irreparable. A tus siete años, entre bolsas rotas y cartones sucios, te mataron la infancia. Se llevaron todo. La tierra de los juegos, los primeros palotes, el beso de las buenas noches, el primer cuaderno, la risa hasta que duela la panza, los cuentos en brazos de mamá, la ilusión de sentarte a imaginar qué te gustaría ser cuando seas grande. Te sacaron ese lugar tibio al que uno siempre vuelve cuando se abren las irremediables grietas del dolor. Ayer no pensaron que para que puedas ser un hombre primero hay que ser un chico. Hoy ya es tarde. Nadie puede reparar que a tus siete años hayas caminado por la vida con los huesos al viento, las manos angustiadas y los ojos descalzos.

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Las cuerdas de Oliverio

Se acuerda bien que fue un lunes de vuelta a su casa, cuando sintió que el traje le pesaba como si fuera viernes. Al otro día no pudo volver a la oficina. Hacía tiempo que caminaba por un borde muy fino, casi más fino que la cuerda más delgada de su guitarra, pero se hacía el distraído y miraba para el costado. Para el costado de las obligaciones, de la oficina, y de tantos compromisos tomados sin siquiera poder reconocerse en alguno de ellos.
Ese lunes miró tanto para el costado que perdió el equilibrio y cayó del otro lado, donde las cosas no se arreglan con la rutina, ni con explicaciones racionales, ni con argumentos vacíos. Cayó del lado donde la vida duele, cuestiona y replantea. Ahí fue donde Oliverio se quedó. En un primer momento se sintió raro y en la desesperación intentó volver. Estiró el brazo todo lo que pudo pero fue inútil. Había caído demasiado abajo. A la falta de fuerzas se sumó que empezaba a no sentir ganas de volver a intentarlo. Entonces cerró los ojos, suspiró y se sintió más aliviado.
Era contador, como lo había sido su padre, quien cabalmente le había recomendado que aprovechara la facilidad que tenía para los números y siguiera la misma carrera que él, que así iba a tener el camino despejado. Oliverio recuerda esa frase, y cuando no le dan ganas de llorar, se ríe. Con dieciocho años, apenas podía imaginar en lo que se transformaría ganarse la vida con una profesión que uno no siente. Siempre había sabido con seguridad que lo que más le gustaba era tocar la guitarra. Todos le decían que lo hacía muy bien, pero cuando había dejado traslucir la idea de dedicarse a eso más en serio, saltaba la mirada aterradora de su padre. Le decía que era un lindo pasatiempo pero que se concentrara en lo que importaba, sus estudios.
Pero ese día, en la oscuridad del pozo donde se encontraba, lo único que vislumbró fue la guitarra. La buscó en el placard, la desempolvó y la saco del estuche. Fue un rencuentro crucial. Con el paso de los días, sintió que ella hacía de escalera y lo sacaba a la superficie, a otra superficie.
En el trabajo pidió licencia. Se la dieron después de que un entendido en la materia argumentara en una planilla, en el casillero de motivo, crisis de ansiedad. El gordo Machiatti, su compañero de almuerzos y demás pesares laborales, lo llamaba día por medio y con ese tono de preocupación que siempre llevaba, le decía- Che, flaco, volvé que se te extraña y le daba a entender que González, estaba haciendo lo imposible para congraciarse con “La Hiena”, el jefe.
Oliverio le agradecía la preocupación y le decía que en cualquier momento lo sorprendía por allá. La verdad era que en la oficina había sido el único al que siempre había considerado un señor y no quería desanimarlo. Pero en lo más profundo sabía que no iba a volver más. Ahora, desde afuera, la actitud de González, que tantas veces lo había indignado le daba risa y hasta lo había empezado a ver como un pobre tipo. Pensaba en como las huellas del esfuerzo en el trabajo se empezaron a borrar mucho más rápido de lo que se hubiera imaginado, porque al poco tiempo salvo el gordo, no lo llamó nadie más.
Su aspecto cambió y mucho. Usa la ropa grande y como no tiene fuerzas ni cabeza para pensar en afeitarse o ir a la peluquería, la barba y el pelo fueron creciendo y así se quedó. A veces le divierte ver como solamente esos tres elementos lo convirtieron en un tipo sospechoso.
La plaza se transformó en su lugar. Por las mañanas se pasea tarareando las melodías que compuso la noche anterior para ver como suenan con la naturaleza. Entonces después de una larga caminata, en su casa hace los ajustes correspondientes. Cuando empieza a caer la noche, vuelve a la plaza y se sienta sobre una alfombra bordada a mano que trajo de un viaje de negocios, donde aprovechó para hacerse una escapada y visitar el Machu Picchu. Oliverio siente que es como sentarse en la alfombra mágica que, junto con la melodía de su guitarra, lo transportan a nuevos lugares.
A esa hora ve bajar del tren a sus ex compañeros de viaje, camino a sus casas, con el día a cuestas. Cuando a alguno de ellos los escucha hablar por celular con aires de importancia y el traje impecable, se sonríe. Porque nadie escapa. Él puede detectar en la mirada al que ya está caminando por el borde y todavía no lo sabe. A alguno con cara de mejor gente, a veces le dan ganas de avisarle. Después piensa que es mejor descubrirlo sólo.
Los viernes hay un hombre que se sienta en el banco de enfrente, al lado de unas ramas que intentan ser un arbusto y lo mira. Se queda escuchando varias melodías y cuando se va le hace un gesto de aprobación con la mano.
El otro día, cuando Oliverio terminó un tema, se le acercó y le dijo si tenía unos minutos para charlar. Le contó que le encantaba escucharlo porque le hacía acordar mucho a como tocaba su padre, un gran músico. Y él como no heredó el talento, pero ama la música tanto o más que su padre, puso un bar donde invita a tocar gente con verdadera pasión por lo que hace. Le dice que lo espera una de estas noches, y guiñándole un ojo comenta que se va a sentir muy bien porque su público está a la altura de lo que su talento promete.
Cinco noches después de haber escuchado esas palabras, Oliverio se decidió. Sentado en una tarima que hace de escenario, empieza a tocar. De a poco el murmullo de las tazas de café apoyándose en los platos y alguna cucharita que cae al piso, desaparecen. Un señor sentado en la primera mesa, con el traje arrugado, la mirada trunca y un portafolio que lleva años transportando papeles que parecen expedientes, va cerrando los ojos y marca el compás con su zapato con una exactitud que lo sorprende. Oliverio siente que esa noche, todas sus melodías van destinadas a él, porque parece que es el que más las necesita. Y en ese encuentro de cuerdas que están tensas y vibran y el sonido imperceptible del taco sobre el piso, Oliverio entiende que la vocación es una voz que a veces duerme, a veces susurra y a veces grita, pero es inútil querer silenciarla.

 
Gisela Bigatti
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